El conspirador del placer

Debió de haber sido en 1996 o 1997 que por azar, en algún festival de cine de Bogotá, pude ver Los conspiradores del placer, del checo Jan Švankmajer. Fui sin saber qué iba a ver y al salir del teatro estaba hechizado. Las subversivas imágenes de Švankmajer y las vidas de esos seis personajes que, de la forma más imaginativa posible, satisfacían sus subyugantes obsesiones, me mostraron un mundo de libertad y fantasía que jamás había creído posibles. Con el tiempo, el complicado nombre del director y el título de la película se nublaron en mi mente (la busqué inútilmente creyendo que se llamaba Los placeres ocultos), pero las imágenes permanecieron ahí, y no me di cuenta de lo mucho que habían moldeado mi sensibilidad hasta que volví a cruzarme, de nuevo por azar, con Švankmajer en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona.

Con sus 79 años, Švankmajer debe de ser el último surrealista, al menos el último cineasta que se ha empeñado en usar su arte para descorchar el inconsciente y explorar los deseos, las obsesiones y el legado claroscuro de la infancia; es decir, los resortes de un tipo de imaginación sensual y poética que artistas de talento han usado para desquitarse de la realidad, de sus miserias y carencias, anteponiéndole mundos ajustados a sus fantasías y caprichos. Los conspiradores del placer es eso, una realidad ficticia en la que sus habitantes emplean todo su tiempo e ingenio en satisfacer los más improbables goces. Los personajes de Švankmajer son anónimos e insignificantes; discretos don nadie que en el espacio público pasan desapercibidos, pero que en su mundo privado ofician como dioses. En esos reinos íntimos alteran las coordenadas, desafían con pasión sediciosa las convenciones, juegan. Su recompensa es el éxtasis: la única experiencia que da al mortal una idea de lo que puede ser la divinidad. Aquello que el gran hombre público sólo encuentra en el prestigio, el poder o el dinero, estos personajes lo encuentran en su propio cuerpo. Encarnan lo mejor del ser humano, la libertad para crearse a sí mismos e inventar nuevas realidades. Ni activistas ni proselitistas. No quieren a nadie para su causa, su causa son ellos, las demandas de su febril imaginación.

Nada más lejano de ellos que los redentores de boina o mano en alto que necesitan un rebaño al cual guiar o una gran ofensa que vengar. En cada gesto de estos don nadie hay más poder subversivo que en las mil fanfarronadas públicas de estos papanatas. Ahora que en Colombia sólo oímos las monsergas de gente que mata en nombre de nobles ideales, Švankmajer ha sido un refugio de irracional cordura y dicha. De él he salido convencido de una cosa: la verdadera utopía es que lo dejen a uno en paz, que nadie se meta en la vida privada de nadie y que al primer insensato, de izquierda o derecha, que comparezca desde las alturas para salvarnos, le pongan una camisa de fuerza. “Abandónate completamente a tus obsesiones -dice Švankmajer-. Al fin y al cabo, no tienes nada mejor”. Ése es el verdadero reto, la verdadera revolución: usarse a sí mismo, no a los demás, como materia prima de las fantasías, las utopías, las grandes gestas y aventuras.

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