La culpa del carnívoro

La relación entre seres humanos y animales es uno de los temas de nuestro tiempo. Desde que Peter Singer puso el tema sobre la mesa ya no hay forma de esquivarlo, e incluso nosotros, que tan lejos estamos de solucionar temas más acuciantes –como esa contumaz maña de matarnos-, nos vemos aludidos por los dilemas que de él se desprenden. El cierre que impuso el alcalde Petro de la plaza de toros La Santamaría, y la resultante huelga de hambre de ocho novilleros, es un ejemplo. Aunque contaminado de oportunismo político y buenismo tontarrón (Petro prefiere que la plaza sea un “escenario de la vida y no de la muerte”), el debate revela las culpas y dudas que enfrentamos en un entorno poblado por criaturas que, a cambio de su vida, satisfacen muchas de nuestras necesidades.

El hecho de que se plantee este debate es ya, de por sí, un logro moral. Demuestra que nuestra sensibilidad se ha agudizado y ampliado y que no toleramos la crueldad injustificada. Pero quien crea que una ley antitaurina resuelve los problemas se equivoca, mucho más si luego decide castrar al gato que tiene de mascota o comer carne en un restaurante, cuyas cocinas –ay- también son un escenario de la muerte. Las posturas están repartidas entre quienes ponen el acento en lo que nos iguala a los animales y quienes lo ponen en lo que nos diferencia. Si creemos, como Singer, que cualquier especie capaz de sufrir no se diferencia sustancialmente de nosotros, entonces los humanos no podemos adjudicarnos el derecho de decidir el destino de cerdos, langostas ni prácticamente ningún bicho. Pero si creemos que la razón marca una diferencia cualitativa entre especies, e incluso que muchas de ellas, como los perros, los toros o los caballos, son resultado de la racionalidad aplicada a la crianza y manipulación genética, no de la naturaleza, está claro que el ser humano no tiene por qué rendir cuentas morales al obtener de estos animales huevos, carne, y cuero; o transporte, fuerza de trabajo y espectáculos taurinos.

Tiendo a estar más de acuerdo con la segunda postura. La primera me parece otra excusa más para culpabilizar al ser humano y negarle el placer, un legado de esa vieja tradición que ve maldad en el hombre y pureza en el medio natural. Si somos tan iguales, ¿por qué no se culpa a la anaconda que se traga un ternero? Porque los animales no son moralmente imputables y nosotros sí. A diferencia de las anacondas, el ser humano puede decidir no comer carne o no ir a toros. Peter Singer, vegano, es un ejemplo. ¿Pero tenemos todos que ajustarnos a sus parámetros morales? ¿Y qué si alguien impone un límite más extremo? Para Merry Levov, uno de los personajes de Philip Roth en Pastoral americana, que deja de bañarse para no matar a las bacterias que anidan en su cuerpo (esto, claro, después de haber deambulado con una banda terrorista matando gente), seguiríamos siendo inmorales. Una vez tomamos ese camino no hay final. Quizás en el horizonte nos espere la “cocina sin cuerpo ni víctimas” que proponen los bio-artistas Ionat Zurr y Oron Catts. Quien quiera un bistec, tendrá que cultivarlo de sus propios tejidos y autocanibalizarse. Así no habría remordimiento a la hora de comer carne. Sospecho que placer tampoco.

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