La influencia de Antonin Artaud

Antonin Artaud fue una de las figuras más enigmáticas del siglo XX, un artista que sin proponérselo dejó una larga sombra en disciplinas tan variadas e inesperadas como el teatro, la psiquiatría y la teoría queer. Artaud lo fue todo: surrealista, actor, director, dibujante, poeta, escritor, pero lo que fascinó a sus seguidores, más que sus escritos, fue su propia persona, su vida y su sufrimiento. Artaud, incapaz de expresar sus ideas por escrito, prefirió encarnarlas y convertirse él mismo en una obra de arte. Aborreció la modernidad industrial y la razón dialógica, y por eso su teatro, el campo en el que más destacó, rompió todos los moldes y se propuso mostrar la falsedad de la vida moderna. Su título más famoso, El teatro y su doble, llevaba implícita su visión del mundo y de la vida. Cuanto ocurría en la calle era falso, la verdadera vida sólo podía emerger en el teatro. No en cualquiera. En el bueno, en el que él se propuso dirigir y actuar. Allí, sobre el escenario, Artaud quiso desatar las emociones más arcaicas del ser humano, la fuerza vital que la encorsetada vida burguesa reprimía. El público debía recibir un impacto tan fuerte que la sensación tenía que asemejarse a la crueldad. Hacerle ver que el teatro era algo peligroso, una potentísima arma de rebelión y a la vez la más necesaria de las terapias.

A Artaud lo persiguió la locura y el malditismo. Fue adicto al opio y escribió elogios a favor y críticas en contra de las drogas. Entre todos los artistas que odiaron a Occidente, fue el único que rompió con el mundo civilizado y partió en busca de la savia original de la humanidad entre los tarahumara de México. A pesar de que todos los artistas modernos odiaron la racionalidad, él fue el único que sucumbió a la locura y pago por ello largos años de sufrimiento en instituciones mentales. El recuento que dejó de cada uno de sus padecimientos lo convirtió en símbolo del martirologio moderno. En otra época, Artaud habría sido un mago, un chamán, el fundador de una nueva religión. En la época moderna estaba condenado a ser un loco. Su ensayo sobre Van Gogh, en el que acusaba a la sociedad de tildar de perturbado al hombre que conservaba su pureza e integridad moral, obligó a repensar las fuentes de la patología mental. Fue el inspirador de la antipsiquiatría y de buena parte del pensamiento francés de los setenta. Deleuze y Guattari retomaron su concepto de cuerpo sin órganos, y a través de ellos llegó al transfeminismo. En la teoría queer hay un eco lejano de esta idea, la visión de un nuevo cuerpo sin órganos sexuales que establezcan diferencias de género. Un cuerpo neutro, abierto a la experimentación y a la transformación. Cyborgs, hibridaciones con animales, con tecnologías artificiales, seres posthumanos. Estas fantasías no sólo aparecen en sus escritos, también en sus performances: acciones que, como quería Artaud, desafían al público con humanidad descarnada en forma de pornografía, e intentan demostrar que la heterosexualidad es un mito opresivo, una mentira patriarcal, y que la verdadera sexualidad es ésa, amorfa, desviada, queer.

Cuando se pensaba que Artaud había sido olvidado, vuelve a dejarse ver con toda su violencia y vital radicalidad.

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