La moral de las cosas

¿Está el arte por encima de la moral? ¿Puede el artista obviar toda responsabilidad ética al elaborar sus instalaciones o performances? Era difícil no hacerse estas preguntas después de ver (en mayo del año pasado) La forma de las cosas, obra del dramaturgo Neil LaBute estrenada en el Teatro Nacional Fanny Mickey bajo la dirección de Pedro Salazar.

La obra de LaBute actualiza la obsesión del arte de vanguardia: crear un hombre nuevo, remodelar la sociedad. Evelyn, la protagonista, es una estudiante de arte dispuesta a demostrar con su tesis que el arte tiene ese poder. Mientras trabaja en ella, conoce a Adam, un joven inseguro y sin experiencia, mucho menos con mujeres tan atractivas como Evelyn, que cae rendido a sus pies. El amor lo convierte en maleable arcilla. Evelyn le da consejos que mejoran su aspecto físico y lo premia con encuentros sexuales que exacerban su deseo. Mientras tanto, ella va recolectando el valioso material para su gran obra. Al final vemos cuál ha sido la siniestra trampa. Evelyn demuestra que el sueño vanguardista era factible, el arte cambia la vida, pero al espectador le surge inmediatamente la duda: ¿vale cualquier treta para lograrlo?, ¿el arte excusa la manipulación del otro?

Las mismas preguntas se las hace Miguel Ángel Hernández, crítico y profesor de arte, en el que fue su brillante debut como novelista, Intento de escapada (Anagrama, 2013). Marcos, el protagonista, también es un estudiante sin experiencia que se deja embrujar por Jacobo Montes, un artista radical que empieza a hacerse famoso con sus críticas al capitalismo. Marcos cree fielmente que el arte de Montes cambia la vida, transforma el mundo, pero al conocer de cerca al artista se desilusiona. Su arte no cambia nada, sólo reproduce aquello que dice criticar. Y en efecto, Montes usa como materia prima a inmigrantes. Les paga para que participen en performances donde son denigrados, bajo la argucia de que la explotación se combate exponiéndola. Pero en aquel juego los inmigrantes acaban “prostituidos por el gran artista social”, mientras Montes sale indemne gracias al amparo de la institución del arte.

Todo esto es ficción, me dirán, y por lo tanto especulaciones en el campo de lo posible. Pero no. Jacobo Montes estaba inspirado en el artista español Santiago Sierra, que obtuvo fama mundial haciendo justamente eso: explotando a gente pobre. Esto nos devuelve a la pregunta inicial: ¿el arte está por encima de la moral?, ¿se puede manipular y denigrar si el resultado es arte? Al arte se le exigió una función moral hasta que el artista moderno reemplazó el concepto de virtud por el de belleza. Desde entonces el arte no tuvo por qué ser moralmente edificante; bastaba con que fuera bello. Pero el arte contemporáneo cambió las reglas, descartando lo bello e imponiendo el concepto. “El arte siempre gana dentro del arte”, dice Hernández, porque cualquier acto, incluso los de Evelyn, Montes o Sierra, se pueden justificar conceptualmente. Pero basta alejarse un poco para llegar a la misma conclusión de Marcos: lo único que hacen estos artistas es “arrojar más mierda al mundo”. Y mucha palabrería. Poco más.

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