Los últimos insatisfechos

Fue un revelador privilegio moderar, el año pasado, un diálogo en el Hay Festival de Segovia entre Mario Vargas Llosa, el más afrancesado de los latinoamericanos, y J. M. G. Le Clézio, el más latinoamericanizado de los franceses. Las coincidencias en sus vidas son sorprendentes. Los dos conocieron a sus padres tarde: Le Clézio a los ocho años, debido a que su progenitor estaba en África cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y no pudo volver a Francia para rescatar a su familia; y Vargas Llosa a los diez, porque su madre, en lugar de aceptar que se había separado, le hizo creer que su papá estaba muerto. Ambos padres fueron autoritarios y se mostraron indiferentes, cuando no verdaderamente hostiles, ante la vocación literaria de sus hijos. La página en blanco fue un refugio compartido; la manera de rebelarse contra su padre, en el caso de Vargas Llosa, y la de superar la ansiedad que le producía el suyo, en el de Le Clézio.

Los dos conocieron la selva latinoamericana siendo jóvenes y en los dos dejó una huella imborrable. Vargas Llosa ha escrito cuatro novelas con escenarios selváticos, y Le Clézio vivió durante extensos períodos, a lo largo de tres años, en el Tapón del Darién con los indígenas embera. Vargas Llosa publicó en 1987 El hablador, una novela sobre un contador de historias de una tribu amazónica, los machiguenga, y Le Clézio dedicó su Nobel, entre otros autores, a Elvira, una narradora oral embera. Mientras el peruano no concebía su destino como escritor lejos de Francia y la civilización europea, el francés quedó fascinado con la estética mesoamericana y desempolvó las enseñanzas perdidas de la civilización azteca. Uno quería europeizarse y el otro desoccidentalizarse. No debe extrañar a nadie que las tensiones entre la civilización y la naturaleza atraviesen sus obras. También otros temas recurrentes: la locura como alienación o fanatismo, el primitivismo como fuente de creatividad o irracional violencia, la infancia como etapa de candor poético o pulsión perversa.

Pero a pesar de todas estas semejanzas, donde más cerca están es en las razones por las cuales escriben. Para vivir otras vidas, en el caso de Vargas Llosa; para ser otro, en el de Le Clézio. Y es finalmente esa sensación compartida de que la vida que les tocó no es suficiente, de que por una u otra razón –nuestra limitada condición humana o la mediocre civilización occidental- debemos salir de nosotros mismos y aspirar a más, la que los acerca a los artistas modernos. Gran parte de los desarrollos culturales y políticos de aquel período surgieron de esa insatisfacción. La pugna constante con el entorno y la certeza de que había algo mucho mejor allá, en otros lugares, tiempos o civilizaciones, fue un aliciente para buscar nuevas formas estéticas y nuevos estilos artísticos; también para bajar el cielo a la tierra con el arpón de la ideología. Hoy en día esa sensación no es tan común, en gran parte debido a la autocomplacencia posmoderna y a la inmediatez de la red, que sacia las necesidades al instante. Pero Vargas Llosa y Le Clézio nos recuerdan las virtudes que trae estar incómodo en la propia piel, y que aquella necesidad, la de salir de sí, ha dado maravillosas obras de arte.

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