¡A pelear contra molinos!

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Quizás Ortega y Gasset exageraba, o veía con desesperación el escenario de una Europa desgarrada por fascistas y comunistas, cuando escribió que ser de izquierda, como ser de derecha, era una de las muchas formas que podía elegir un hombre para ser un imbécil. Quizás exageraba, insisto, aunque viendo el debate político en Colombia resulta tentador darle la razón. Ahora resulta que la prioridad número uno, según la derecha, es luchar contra el castrochavismo, un molino de viento antiguo y anacrónico, que de un día para otro, convertido en gigante aterrador, amenaza con tiranizar a Colombia. Y todo esto, desde luego, por lo diálogos de paz y las irresponsables maniobras de su promotor más conspicuo: Juan Manuel Santos. Si el castrismo es terrorífico y el chavismo desastroso, ¡imagínense el castrochavismo! Santos sería, por deriva lógica, el culpable de pavimentar el camino al despotismo más nefasto de la historia del continente.

Esto no es más que una payasada que alimenta lo que supuestamente pretende combatir. La gran amenaza de las instituciones latinoamericanas ha sido el populismo, esa píldora con la que los demagogos han alimentado el apetito de irrealidad. Una campaña política centrada en problemas concretos y reales, anclada a la tierra, parece no dar los mismos frutos. Tiene que tomar vuelo y hacer creer a los copartidarios (correligionarios, mejor) que estamos en medio de una batalla cósmica entre el bien y el mal. La derecha ya tiene su molino de viento, el castrochavismo, y la izquierda insiste en los suyos, el imperialismo y el neoliberalismo. Si para la izquierda el liberalismo es perverso, ¡imagínense el neoliberalismo!, una versión reloaded del Diablo, el Coco versión 2.0. Y así vamos: castrochavismo versus neoliberalismo, dos horribles monstruos que se ciernen sobre pueblos inocentes, cuyo fracaso se explica siempre por la influencia nefasta de algún mal externo.

Y la verdad es que todo esto tiene más de ficción que de realidad. ¿Quién ha visto algún tratado de neoliberalismo? ¿Qué economista o qué político se declara neoliberal? Neoliberalismo es el término con el que la izquierda define al liberalismo a secas, porque el liberalismo a secas ha defendido, desde el siglo XVIII, la propiedad, el libre comercio, la apertura económica, el mérito y las libertades individuales, y desde entonces todo esto, o buena parte, le ha producido alergia a la izquierda. En cuanto al castrochavismo, el mismo Fidel dijo en 2010 que el modelo cubano no servía ni siquiera en Cuba. Y, como resulta evidente para todo aquel que no esté peleando contra el molino del imperialismo, en Venezuela tampoco. ¿A quién se le ocurre pensar que la mezcla de dos sistemas corruptos, autoritarios y económicamente inviables puede apoderarse de Colombia?

Desde luego que no lo hará. A menos, claro, que nos dejemos tentar por la irrealidad y traguemos el cuento de los redentores de izquierda o de derecha. Porque para combatir molinos de viento no sólo se necesita obcecación, también destruir las instituciones y liberarse de las leyes, esa fuerza gravitacional que le pone los pies en la tierra a todo aquel con ansias de poder.

El arte como trinchera

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La línea es delgada, a veces borrosa, pero ahí está y es importante hacerla visible. Todas las manifestaciones artísticas, desde la novela a la música, desde la poesía al performance, están amparadas por la libertad de expresión y no se las puede censurar así sus pullas vulneren la sensibilidad de los unos o de los otros. ¿Puede el arte blasfemar y atacar con virulencia a la Iglesia católica, como hicieron los surrealistas en los años treinta? A mí entender, sí. Ninguna creencia puede blindarse contra la risa sin riesgo de caer en el fanatismo y la ortodoxia. En cuanto a los políticos y poderosos, ¿pueden ser ridiculizados y empequeñecidos por humoristas y caricaturistas? Vuelvo a inclinarme por el sí, aunque con matices. Quien desaira al otro debe saber que se expone a una demanda si su comentario tiene más de insulto que de mofa. Aquí la frontera es igualmente fina (y los gobernantes autoritarios suelen aprovecharse de ella), pero aun así la parodia debe defenderse como uno de los logros de la modernidad, pues baja a los intocables de sus pedestales desvelando sus defectos y errores.

Ahora bien, ¿significa esto que el arte es una trinchera donde se puede decir cualquier cosa? ¿Puede un artista, por ejemplo, incitar al odio, alabar el terrorismo o llamar al asesinato? El rapero catalán Pablo Hasél puso (de nuevo) estas preguntas sobre la mesa. El año pasado fue condenado a dos años de cárcel por colar en sus canciones frases como estas: “Siempre hay algún indigente despierto con quien comentar que se debe matar a Aznar”, o “¡Que alguien clave un piolet en la cabeza de José Bono!”. En Colombia también tuvimos un caso similar. En 2009, el artista Nicolás Castro creó una página en Facebook titulada Me comprometo a asesinar a Jerónimo Uribe, por la que fue condenado a quince años. ¿Está justificada la acción judicial contra artistas que ventilan públicamente sus fobias y fantasías asesinas? ¿Acaso el arte no permite realizar en la imaginación lo que nunca se haría en la realidad?

Pongamos otro ejemplo: “Hay que matar: matar a un europeo es matar dos pájaros de un tiro, suprimir a la vez a un opresor y a un oprimido”. La frase es de Sartre, y por ella no fue condenado, sino reconocido como promotor de la lucha anticolonial. La escribió en 1961, un período en el que los artistas podían decir cualquier cosa sin temor a las represalias legales. Prueba de ello son los poemas del poeta negro LeRoi Jones, en los que impunemente incitaba a violar mujeres blancas. La cuestión es que si Sartre y Jones soltaban esas arengas era porque sabían que tenían consecuencias en la realidad. El arte moldea sensibilidades y actitudes, y cuando su finalidad es despertar odios y bajas pasiones suele conseguir resultados. Por eso no puede ser una trinchera que protege al incendiario luego de arrojar la bomba. Los jueces que condenaron a Hasél y a Castro acertaron (aunque la condena del último fue revanchista y desmedida), y es mejor una sociedad que nos protege de nuestros propios demonios que una que no lo hace. ¿Es esto bueno para el arte? Esa es otra cuestión.

Cultura, gestión y premios

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No deja de ser paradójico que la música, el arte y la literatura que se producen en Inglaterra, un país de antiguas tradiciones, sólidas instituciones y un envidiable respeto por las leyes, suela asociarse con lo nuevo y lo transgresor. Y más cuando a cada uno de los géneros artísticos se les agrega la palabra joven, como los Young British Artists que promocionó el publicista Charles Saatchi o los Young British Novelists que lanzó la revista Granta. Los ingleses han sido unos genios revistiendo sus productos culturales con elementos que apelan al gusto contemporáneo. No sólo son buenos creadores, también conocen muy bien los mecanismos de ese engranaje paralelo, la promoción o gestión cultural, del que en buena medida depende el recorrido de una apuesta artística.

Uno de los más sobresalientes ejemplos de su buen hacer es el Man Booker Prize, un reconocimiento a la mejor novela publicada en el Reino Unido, Irlanda y los países de la Commonwealth, con el que han conseguido darle un enorme impulso al inglés como vehículo de la creación literaria. Cada año, una docena de novelas escritas en este idioma recibe gran atención por parte de la prensa y del público. Las obras son comentadas, criticadas, reseñadas y varias de ellas acaban siendo traducidas. Como consecuencia, los escritores ingleses desbordan las fronteras de su idioma para convertirse en autores globales. Los ganadores del Booker de hace unos años son los premios Nobel de hoy: Naipul, Gordimer, Golding, Coetzee; y varios de ellos, no hace falta ser un vidente, serán los Nobel de los próximos años.

En el mundo contemporáneo esas plataformas desde las cuales se hace visible la cultura, bien sean ferias, exposiciones, festivales o premios, son fundamentales. Sin ese efecto seductor que añade la promoción, sería más difícil que los libros encontraran lectores, las obras de arte espectadores y las películas y conciertos audiencia. La gestión abre un canal entre creadores y público. Genera interés y curiosidad. Convierte a la cultura en un acontecimiento y, al menos por unos días, silencia el ruido político contingente para que podamos apreciar cosas más duraderas: lo que somos capaces de hacer, pensar e imaginar.

Esto es lo que hemos pretendido hacer con el Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa, en cuya primera edición tres fantásticas novelas se diputaron el premio. Dos de ellas, En la orilla, de Rafael Chirbes, y Las reputaciones, de Juan Gabriel Vásquez, abordan cuestiones morales: la primera, el ocaso moral de la sociedad española que condujo al cinismo, al oportunismo y a la consecuente quiebra económica; y la segunda, las dudas morales que acosan a un caricaturista que, cuestionando el poder, se hace él mismo poderoso. La tercera novela, Prohibido entrar sin pantalones, de Juan Bonilla, recrea las hazañas, delirios y luchas del futurista Vladimir Maiakovski en medio de la vorágine revolucionaria y la estalinización de Rusia. Finalmente fue la obra de Bonilla la que se llevó el premio, pero el ganador no fue sólo un autor o una novela. Fue el idioma, la creación en español, la cultura en Hispanoamérica.

La moral del don nadie

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Supongo que la principal objeción que se le puede hacer a Pa que se acabe la vaina, de William Ospina, es su visión de la historia de Colombia como la perpetua lucha entre dos categorías contrapuestas. Por un lado un pueblo auténtico, digno y noble, y por el otro una élite corrupta, egoísta y racista. Ese análisis, además de repartir arbitrariamente vicios y virtudes, deja por fuera a todo un segmento de la población que ni encaja ni quiere encajar en ese par de compartimentos. Me refiero al ciudadano anónimo, al don nadie que cumple con sus obligaciones y sólo aspira a que se le respeten sus derechos.

El don nadie no es un personaje trágico ni epónimo y por eso puede pasar desapercibido a los ojos de un poeta, pero en última instancia resulta ser la pieza fundamental en toda sociedad moderna. No es alguien que aspire a obtener privilegios que lo eximan de esos pequeños sacrificios que suponen vivir en sociedad. Simplemente espera que las instituciones que regulan la vida pública lo traten bien, y que no se conviertan en obstáculo ni en fuente de injusticas. En otras palabras, el don nadie ni pertenece ni aspira a pertenecer a la élite, y en ese sentido es el representante más preclaro de la igualdad.

Para el don nadie no hay nada más ofensivo que le roben su individualidad enclaustrándolo en ese redil abstracto y vaporoso, con hedor a demagogia, que unas veces recibe el nombre de nación, otras de clase y en nuestro contexto el de pueblo. Más aún, el don nadie sabe que esa contraposición entre pueblo y élite es falsa, porque quienes se declaran defensores del primero terminan perteneciendo a la segunda, como los boliburgueses en Venezuela, los peronistas en Argentina, los Ortega en Nicaragua o los farianos y paracos en Colombia. Para los cantores y vates de las patrias puede ser emocionante la imagen de un pueblo soltando lagrimones al paso de quien ha sabido interpretar su alma, pero para el don nadie la escena resulta entre cursi y terrorífica. Nada más aborrecible que asociar al ciudadano con la horda bovina necesitada de líderes iluminados o de exégetas de la entraña nacional. En ese sentido, el don nadie es el más empecinado defensor de la libertad individual.

El don nadie sabe que esa falsa dicotomía entre élite y pueblo muta fácilmente en otra división igualmente artificial: derecha e izquierda. Sabe, también, que con esa jugada se asocian las virtudes del pueblo con la izquierda y los vicios de la élite con la derecha, y que por ese camino se acaba justificando cualquier acto del pueblo-izquierda para derrocar los privilegios de la élite-derecha, incluso aquellos que terminan destrozando las instituciones que salvaguardan la igualdad y la libertad del don nadie. El don nadie sabe que ni la izquierda ni la derecha tienen el monopolio de la virtud, por la simple razón de que con el paso de los años lo que proponía una termina defendiéndolo la otra (la política de la identidad y el nacionalismo, por ejemplo). El don nadie no vota ciegamente a una etiqueta, y eso lo convierte en la última garantía de independencia.

Igualdad, libertad e independencia: los pilares de la moral del don nadie.

Crítica y elogio del pop

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El pop es el horizonte cultural de nuestra época, la centrifugadora en la que se mezclan la música, el arte, la moda, la literatura, la publicidad, el cine y la política, y que encandila las retinas con bienaventuradas promesas de invención y rebeldía. Lo pop tiene esos rasgos característicos: un toque de transgresión, un leve barniz de novedad, una seductora carga erótica, amplificados siempre por la grandilocuencia juvenil. Lo vemos en propuestas políticas como el Partido del Tomate, en los videos de Lady Gaga, en el cine de Tarantino, en la literatura Nocilla y hasta en las presentaciones públicas del filósofo Žižek. Lo pop atrae a las masas porque su oferta es fascinante. Quien consume cultura pop vive una ilusión emancipadora. Robustece el amor propio y legitima una jovial desenvoltura. Lo pop satisface los gustos más primarios y sencillos. Fomenta el exhibicionismo desenfadado de la personalidad y el narcisismo, y hace que nos creamos únicos mientras repetimos los gestos estereotipados de la masa.

En lo pop la ironía anula el dolor y los compromisos. El mundo es un espectáculo distante en el que se goza o se hace burla de lo obsceno. La complejidad sólo se acepta si es una estrategia de seducción o un frívolo capricho intelectual que decora ambientes y personalidades. El pop es un hoyo negro que lo absorbe todo porque se alimenta de los mecanismos del cambio, la insatisfacción y la rebeldía, sin llegar nunca a cambiar nada. Nada más rebelde que lo pop y nada más hegemónico que lo pop. Sus enzimas hacen que el arte más transgresor y la música más innovadora se hagan digeribles y consumibles. Lo pop promueve todos los experimentos y todos los neutraliza. Su principio subyacente es que se debe aceptar el mundo tal como es. Genera la ilusión de cambio constante, cuando en realidad recicla viejas formas heredadas. El inmovilismo se camufla tras sutiles variaciones que engañan la memoria. Nada ha fortalecido más el capitalismo de los últimos cincuenta años que lo pop, haciéndonos adictos a las sorpresas pasajeras, al capricho de la novedad, al grito vanguardista.

También es cierto que al quitarle trascendencia a las cosas y rebajar todos los compromisos, lo pop nos hace pacíficos y risueños. Nos desideologiza. Desraíza de los nichos y nos defiende contra el nacionalismo. En más de una ocasión, como en el Brasil dictatorial de los sesenta, lo pop ha sido un arma de combate contra militares opresores y nacionalistas de izquierda. Lo pop relaja las costumbres, promueve la igualdad entre hombres y mujeres, inculca la tolerancia y celebra todo lo que se sale de la norma, en especial lo gay y lo queer. Hay una fibra festiva en lo pop que rechaza el machismo, los autoritarismos y las arbitrariedades. Aunque apolítico, lo pop se opone instintivamente a las fuentes tradicionales del poder, como la Iglesia y el ejército. Lo pop, además, nos inscribe en la órbita de la sensibilidad occidental.

Por el momento no hay ningún indicio de que vaya a ser superado. Al contrario, cada vez invade más campos y conquista más seguidores. ¿Pero habrá vida más allá del pop? A ver quién es el valiente que lo demuestra.

Alterar conciencias

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Leí Las reputaciones, esa pequeña joya salida de la imaginación de Juan Gabriel Vásquez, fascinado por la elegancia y precisión de relojero con la que está escrita. También, y sobre todo, porque me hizo pensar. La novela aborda un tema fascinante: la responsabilidad moral de los intelectuales o artistas que tienen el poder de moldear la opinión pública. Ésa es la pregunta central sobre la que Vásquez quiere que reflexionemos (también, como en todas sus novelas, la manera en que el pasado afecta nuestro presente), pero un autor nunca sabe cómo sus obras van a estimular la curiosidad de sus lectores. La pregunta que me generó Las reputaciones es, digamos, previa, y tiene que ver con la manera en que se consigue alterar la opinión de los demás, o, en definitiva, cómo se logra sacudir la conciencia para que una persona cambie la manera de ver la realidad o de valorar los acontecimientos.

¿Tiene la literatura el poder de alterar conciencias? Don DeLillo, en otra magnífica novela, Mao II, da una respuesta bastante pesimista y de alguna manera afín a los comentarios que George Steiner y V. S. Naipaul hicieron en su momento sobre la decadencia del género. El escritor ya no tiene ningún poder de influencia para remover las conciencias de las personas. En la mediatizada sociedad actual, la respuesta más probable a una buena novela es la indiferencia o el silencio. Toda la atención se la llevan los verdaderos antagonistas/protagonistas del mundo contemporáneo, los terroristas, cuyos actos tienen un impacto emocional masivo e innegable. Los tiempos en que el escritor, bien con sus opiniones o ficciones, removía conciencias o proponía nuevas fuentes morales parecen remotos. Cualquier manifestación artística, incluso la más transgresora, resulta tibia y asimilable en comparación con un acto de terror. Recuerdo que una vez le pregunté a una artista qué tipo de arte le gustaba. Su respuesta fue: “El que hacen los talibanes”. Era una estupidez, pero sin duda expresaba esa nostalgia por el shock de las conciencias que el arte ya no ejerce.

El teatro revolucionario de los sesenta, muy influenciado por la terapia gestáltica y sus técnicas para ampliar la conciencia, intentó tener ese efecto explosivo. Las obras eran vivencias transgresoras, de intensidad radioactiva, que pretendían transformar por completo a los participantes. En algunos casos lo lograban, sin duda, pues los espectadores terminaban dejándolo todo para reinventar su existencia. El teatro no era la representación de ficciones, sino la actuación de un modo de vida con el que se quería seducir y contagiar valores. Versiones light de estas obras son las performances contemporáneas, que mediante imágenes impactantes, osadías extravagantes o rupturas en la rutina quieren generar un pequeño cortocircuito mental que afecte al espectador. Estas obras son, sospecho, bastante menos eficaces. ¿Qué altera la conciencia, al fin y al cabo? Quizás Vásquez y DeLillo tienen razón: el prestigio y el horror. La seducción que ejercen los personajes que hacen algo bien hecho o señalan nuevas formas de vivir, pensar o sentir, por un lado, y la indignación moral, por el otro.

La Torre David y el exotismo tercermundista

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Hay muchas cosas que sorprenden a quien visita Caracas hoy en día, como la inseguridad y la pertinaz paranoia de los caraqueños, la escasez de productos básicos, la omnipresencia de la propaganda ideológica o el empobrecimiento de la población, que vive una mentira económica con un dólar oficial a 6.3 bolívares, cuando en realidad su precio supera los 50 en el mercado negro. Todo eso sorprende e impresiona, decía, pero nada se compara con el impacto visual y emocional que produce esa inmensa torre de 45 pisos, ubicada en el corazón de Caracas, que se quedó a medio construir en 1994 y que luego, en 2007, fue invadida por un grupo de exconvictos. Ha sido bautizada como la Torre David y en ella viven más de tres mil personas. Es la barriada vertical más grande del mundo, símbolo flagrante del deterioro de una ciudad que en sus años de gloria comisionaba a los mejores artistas cinéticos para que decoraran sus espacios públicos.

La vista que ofrece ese elefante blanco de cristal y concreto, cuyo esqueleto de hormigón se ve desde la avenida Andrés Bello, es tan insólito que recientemente ha sido el escenario de uno de los capítulos de la serie Homeland. Jon Lee Anderson, en un reportaje para el New Yorker, contaba cómo la torre se había convertido en el feudo de Alexander “El Niño” Daza. Este exconvicto se había encargado de imponer su ley y de cobrar a la gente por un espacio donde vivir. Su gueto vertical es el legado palmario del irresponsable populismo chavista. La Torre David no es una solución a la falta de vivienda, sino un problema más, otro foco de marginación donde se reproducen el subdesarrollo, la delincuencia y la pobreza. Tampoco es un ejemplo de socialismo. Allí opera el más crudo capitalismo informal, aquel que no atiende a contratos y leyes, sino a la fuerza bruta.

Desde luego, no todos ven en la Torre David la distopía que yo vi en mi visita a Caracas. Para los europeos y norteamericanos que encuentran en América Latina una fuente de experiencias fuertes, autenticidades excéntricas o revoluciones milenaristas, la Torre David no es un fiasco arquitectónico, sino todo lo contrario: un ejemplo de vitalidad y adaptación ante el fracaso del neoliberalismo, merecedora del León de Oro de la Bienal de Arquitectura de Venecia.

En 2012, un estudio de arquitectos les dio a los venecianos una pequeña dosis cool de la revolución chavista. En un pabellón de la Bienal, hicieron una réplica de un restaurante que funciona en el interior de la torre. Sirvieron arepas y demás platos venezolanos, y completaron el proyecto con una serie fotográfica. En un entorno seguro, sin la pobreza, la violencia o el autoritarismo que rodean a la Torre David real, los venecianos debieron pasarla en grande. Aunque si realmente les entusiasmaran tanto estos exotismos tercermundistas, bien podrían permitir a los miles de libios, sirios y subsaharianos que llegan en pateras a las costas italianas invadir su descuidado patrimonio. Desde Latinoamérica aplaudiríamos aquel gesto con el mismo desenfado de quien goza de las ocurrencias demagógicas, sin padecer sus consecuencias.

Capitán de veinte años

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La verdadera droga, o al menos la mejor, es la juventud. Nada afecta más la percepción, nada vigoriza tanto y exalta el espíritu como la energía juvenil y la peculiar situación social del joven. Su lugar en la sociedad es incierto. Desde los límites, tiene que enfrentarse a unas normas, valores y costumbres que no ha inventado y que se le exige asimilar. Puede que lo haga y su tránsito hacia la ciudadanía adulta esté exento de fricciones, pero puede que no. Puede que ese mundo ajeno, que se le ofrece como único horizonte posible, le genere una insoportable antipatía.

La juventud es una droga porque hace que todo lo veamos más perfecto o perfectible de lo que es, más misterioso y lleno de oportunidades y recompensas. Por eso los jóvenes se lanzan a transformar el mundo o a devorarlo, a explorarlo o a pedirle que satisfaga sus deseos. Isidore Isou, un visionario francés ya olvidado, decía que el problema político más importante era lograr un encaje de la juventud en la sociedad. Sus argumentos no eran tontos. Todas las guerras, revoluciones, conquistas y cataclismos humanos, decía, habían sido perpetuados por jóvenes. No era casualidad, los jóvenes reunían las condiciones existenciales para tomar estos riesgos: ausencia de compromiso y las enormes expectativas que se incuban cuando no hay que lidiar con las tensiones y conflictos del mundo real. “Tienes la fe en el músculo, / y transportas las montañas con un solo grito salvaje”, decía Rafael Maya en un poema que exaltaba las proezas juveniles. Y en efecto, la juventud está teñida de omnipotencia. Los primeros que salen a la calle a mover, para bien o para mal, las tramas de la realidad son los jóvenes. La desgracia de la adultez es que ese efecto adrenalínico se desvanece. El mundo pierde brillo. Se descubre que no hay nada nuevo bajo el sol y que todos los ídolos son de barro. Se descubre, también, que no hay nada humano libre de vicios y que los altos ideales pueden naufragar en medio de las pequeñeces y miserias. La labor política del adulto es mucho menos heroica, y sin duda palidece ante el esplendor poético del joven que salta de las barricadas. Su tarea política es negociar entre intereses distintos, controlar las pasiones, reformar gradualmente y defender lo conseguido.

A medida que las sociedades se hacen más democráticas y pacíficas, sin embargo, el impulso revolucionario y las visiones utópicas de los jóvenes dejan de plasmarse en el campo de la política y lo hacen en la cultura. En las distintas artes, todos los experimentos, irracionalidades, exabruptos y desmanes pueden ser beneficiosos. Aunque la lucha por imponer actitudes y valores afecta los estilos de vida, no genera cataclismos. Las guerras culturales no tienen víctimas mortales. Amenazan las tradiciones, las convenciones y algunas fuentes de autoridad, también incitan al cambio y a la búsqueda de lo nuevo, pero no trastornan por completo el marco de la convivencia. Lo nuevo no siempre es bueno, y desde luego nada es bueno sólo por ser nuevo, pero en ocasiones hay que tomar dejarse ir y decir, como decía Maya, “Capitán de veinte años / llévame en tu nave ligera”.

La revolución zapatista, veinte años después

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Hace exactamente veinte años saltó a los periódicos del mundo entero: el subcomandante Marcos inauguraba 1994 con un nuevo levantamiento armado. Fumando pipa como el Che Guevara, cubriéndose el rostro como los luchadores mexicanos y escribiendo poéticos comunicados, capturó la imaginación de la izquierda mundial. El enigmático personaje sedujo a grandes escritores, como José Saramago, John Berger, Norman Mailer y hasta Octavio Paz; devolvió la esperanza a Regis Debray, Eduardo Galeano y Alain Touraine, viejos intelectuales de izquierda; y convirtió a Chiapas en cuna del turismo revolucionario, atrayendo a celebridades mundiales como Danielle Mitterrand, Oliver Stone, Manu Chao o el cantante de Rage Against The Machine. ¿Cómo fue posible que un alzamiento armado, en el que hubo muertos y protestas por parte de la población local, se convirtiera en ese festín de radicalismo chic y nostalgia tercermundista?

Las revoluciones latinoamericanas siempre han embrujado a los intelectuales que no tienen que padecerlas, pero ninguna otra había despertado tanta fascinación como el alzamiento zapatista. Tuvo que ver en ello la caída del Muro de Berlín y el desánimo en que estaba la izquierda redentorista, pero también, y sobre todo, el que Marcos se hubiera atrincherado entre los indígenas chiapanecos. Desde la selva Lacandona, de pronto se reivindicaba la identidad indígena y se exigían soluciones para la postración y olvido en que vivían las comunidades autóctonas. Parecía que por fin se daba ese levantamiento indigenista que había promovido el peruano José Carlos Mariátegui a principios del siglo XX. La revolución que arrastraría a México al siglo XXI la iban a dar sus habitantes ancestrales. La imagen resultaba fascinante. Coincidía con el malestar causado por la globalización y la occidentalización del mundo, y con el auge universitario del multiculturalismo y su miope celebración de todo lo que pareciera tradicional y auténtico. Reactivaba, además, la vieja fantasía de los surrealistas que veían en lo salvaje y arcaico el antídoto para todos los vicios de Occidente. La revolución de Marcos armonizaba con el altermundismo, con la nueva ola de corrección política y con la idealización moderna de lo arcano y primitivo.

Lo paradójico de todo esto es que Marcos no llegó a Chiapas guiado por su amor a los indígenas. Lo revelaron los periodistas Maite Rico y Bertrand de la Grange en una entrevista que le hicieron a Salvador Morales Garibay, uno de los fundadores del EZLN: “Chiapas no se escogió por su potencial revolucionario, sino por una razón geográfica”. Marcos tenía en mente al Che Guevara y su teoría de los focos guerrilleros, no a Mariátegui y su lucha indigenista. Fue estando allá que cambió el guion. Marcos se convirtió en adalid de los indígenas, y esa “genial impostura” (como la llamaron Rico y de la Grange) lo convirtió en un icono mundial.

Veinte años después, el EZLN sigue controlando algunos municipios chiapanecos. En ellos, según cuenta Rico, la pobreza ha aumentado: antes estaban olvidados por el Estado, ahora están aislados del mundo por sus salvadores.

El pulso de Venezuela

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Al presidente venezolano Rómulo Betancourt lo odiaron por igual los revolucionarios de izquierda y los dictadorzuelos de derecha. Fidel Castro lo aborreció porque se negó a financiar su revolución con el petróleo venezolano, cosa que finalmente sí hicieron Chávez y Maduro. También lo odió Rafael Trujillo, el militar ultraderechista que tiranizó la República Dominica, por las denuncias que hizo a su gobierno en diversas tribunas internacionales. Tal fue su odio, que Trujillo intentó matarlo con un carro bomba que estalló a su paso en un desfile militar. Rara avis de los sesenta, Betancourt no se dejó seducir por los cantos de sirena de la revolución izquierdista ni del autoritarismo derechista, y gracias a eso, como recordaba hace poco el escritor venezolano Juan Carlos Chirinos, Venezuela no sólo fue un país con una sólida tradición democrática, sino un refugio para los exiliados que escapaban de las dictaduras vecinas y lejanas.

La venganza pospuesta durante más de cincuenta años por Castro y Trujillo parece asolar a Venezuela hoy. Mientras la desahuciada revolución cubana sobrevive con un respirador artificial de 4.000.000 de barriles anuales de petróleo venezolano, las instituciones que sembró Bentancourt han sido desmanteladas y pisoteadas. No sólo su producción petrolera ha sido cooptada por Cuba, también sus organismos de seguridad. Castro sonríe y Betancourt se revuelve en su tumba. El pulso que dieron los dos políticos por señalar el camino de América Latina sigue sin decantarse claramente hacia ningún lado. La revolución socialista o la democracia liberal, ahí seguimos. Se puede ver el vaso medio lleno o medio vacío. Es cierto que ahora hay más democracias, y que aquellas que no lo son o lo son a medias intentan parecerlo, pero también es cierto que buena parte de la población no entiende qué es la democracia, o sencillamente la desprecia.

El fracaso cultural de América Latina ha sido ese: no haber arrastrado al conjunto de las sociedades al mundo surgido tras la caída del Muro de Berlín. Lo demuestra la actitud de los líderes que no se han atrevido a manifestarse en contra de los atropellos de Maduro. Betancourt tuvo una visión más elevada. Entendió la importancia de forjar una comunidad de naciones latinoamericanas refractarias a las dictaduras, bien fueran como la dominicana o la cubana. Esa lección sigue sin ser asimilada. Hoy, cuando Venezuela más necesita el apoyo internacional de los líderes democráticos del continente, sólo hay silencio o voces timoratas. Y lo que debe decirse con toda claridad es que una democracia no es compatible con la censura de la prensa, con los colectivos paramilitares, con las leyes habilitantes, con el control presidencial de los demás poderes, con la persecución de los opositores, con la coacción de los empresarios, con las amenazas públicas ni con la criminalización de las protestas callejeras. Quien no entienda eso, no entiende qué es la democracia. Y quien lo justifica, adiós máscaras, sencillamente no tiene en mente un proyecto democrático para América Latina, sino un sistema más parecido al de Trujillo o al de Castro.