Paradojas del pensamiento crítico

Octavio Paz lo dijo: la Modernidad es el tiempo de la crítica. Los libros emblemáticos de este período no son sistemas que proponen modelos del ser humano y de la sociedad, sino racionales diagnósticos sobre la forma en que pensamos, damos sentido a las cosas o creamos discursos sobre la historia y nosotros mismos. El marxismo, la fenomenología, el existencialismo, el estructuralismo, la hermenéutica, la deconstrucción; todos son modelos que durante décadas nos han ayudado a diseccionar el mundo en que vivimos. Gracias a ellos las ciencias sociales se han vuelto críticas, el arte denuncia los males del mundo y la teoría contemporánea reivindica a los oprimidos y olvidados. Las instituciones educativas modernas nos han enseñado a buscarle una quinta pata al gato, y ya nadie que se considere inteligente traga entero ni se limita a ver la superficie de las cosas. Esto, desde luego, ha sido muy positivo. Prueba de ello son los avances sociales y morales que han transformado a las sociedades modernas. Sin embargo, cuando toda una sociedad se vuelve crítica, ¿dónde queda la crítica?

Me explico: la crítica sólo es tal en la medida en que encuentre oposición. Crítico es quien desafía un gusto mayoritario o una opinión general. Pero si a todos nos gusta la crítica y consumimos arte crítico, teoría crítica, programas de televisión crítico, humor crítico, ¿seguimos siendo personas críticas? Cuando nuestros profesores nos enseñan a pensar de forma crítica, ¿estamos entrenando nuestra mente para que opere como un escarpelo, o asimilando de manera dócil y complaciente el gusto y las opiniones de nuestro profe contestatario? Cuando en los museos y bienales se exhiben obras críticas que denuncian algún problema social o nos “hacen reflexionar”, ¿estamos de verdad ante algo nuevo, o lo que vemos es la obviedad que ya sabíamos: que el colonialismo es atroz, que los oprimidos sufren, que el cambio climático es malo?

Cuando todos los productos de una sociedad se hacen críticos, y cuando los cargos de poder en las academias e instituciones culturales empiezan a ser ocupados por personas críticas, la crítica se convierte en el statu quo. Hoy se dice que la Modernidad fracasó y que el síntoma de su fracaso es la posmodernidad. En realidad, pienso que en ciertos sectores de las democracias occidentales la Modernidad triunfó, y que este triunfo la neutralizó. Convirtió la crítica en un tic irreflexivo, en un producto de consumo seductor o en una estrategia para ganar popularidad como profesor, artista, intelectual, entertainer o líder. Basta ver los eslóganes publicitarios: Dodge propone una rebelión, Orange cambia la vida, Nike incita a la acción, Adidas despierta sueños utópicos, Apple ayuda a pensar diferente. La nuestra es una sociedad fascinada por la crítica y la rebelión. Lo curioso es que en ella cada vez hay menos espacio para los críticos profesionales, esos dinosaurios que solían dedicar su tiempo a escribir sobre arte, literatura o teatro en los medios escritos. Sospecho que ahora que todos nos sabemos críticos y rebeldes, nadie quiere que venga un aguafiestas a decirle que se ha dejado deslumbrar por la bazofia del capitalismo contemporáneo.

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