Porno políticamente correcto

No seré yo quien le diga a nadie que se abstenga de empelotarse en público, pero las últimas incursiones de artistas del performance en las que, como es norma, se quitaron la ropa, me dejaron un mal sabor de boca. Seguramente saben de lo que les hablo: en junio de 2014, la luxemburguesa Deborah De Robertis entró al Museo de Orsay, en París, y frente al famoso oleo de Courbet El origen del mundo, que representa en detalle el sexo femenino, procedió a abrir las piernas para que el público pudiera ver el órgano real en el que estaba inspirado el cuadro. Unas semanas después, la suiza Milo Moiré, revalidando la notoriedad que había ganado con los huevos llenos de pintura que expulsó de su vagina para pintar un lienzo, se paseó totalmente desnuda por la feria Art Basel. En un primer momento, debo confesarlo, sentí simpatía por estas artistas que libérrimamente exponían su cuerpo a las miradas de los desconocidos. ¿No era una prueba evidente de que en las sociedades libres podemos ventilar sin temor nuestras (inofensivas) perversiones? ¿No era la evidencia de que en la uniforme y bovina humanidad hay formidables excepciones que se entregan sin temor al exhibicionismo, al voyerismo, al fetichismo; o que son devotos del hipersensual Sacher-Masoch, del divino marqués, de Itzpapálotl o de Restif de la Brettone?

Oh desengaño el que sufrí al leer las declaraciones que dieron De Robertis y Moiré después de sus acciones. Nada de exhibicionismo, dijo la luxemburguesa; su performance era una manera de desestabilizar las relaciones de poder y examinar la interacción entre hombres y mujeres y el control que tiene el artista sobre su propia obra. En cuanto a la suiza, tampoco ella se estaba entregando al gozoso deseo de exhibir su despampanante cuerpo. Psicóloga de formación, Moiré quería desafiar los guiones con que funcionamos diariamente y las rutinas que nos robotizan. Lástima. Si estas artistas hubieran dicho que se desnudaban porque les excitaba hacerlo, o porque querían ver a los hombres (o mujeres) reducidos a babeantes mamíferos, me hubieran tenido a sus pies. Pero sus rocambolescas justificaciones teóricas, en cambio, han merecido de mi parte sólo un chirriante abucheo.

Me explico. Ninguna de las dos artistas aceptó que se exhibían porque ha cedido a alguna caprichosa pulsión o porque, en una sociedad mediática, el escándalo y el sexo son un buen negocio (Moiré cobra por descargar sus videos). Las dos dicen desnudarse con el benevolente propósito de curar algún mal humano; crítica liberadora y altruismo, nada más. A mí esto, la verdad, me cuesta tragármelo. Estos performances me parecen otra cosa: porno para intelectuales; porno que se escuda bajo el concepto artístico para que podamos verlo sin culpa. Pornografía políticamente correcta, en definitiva. De manera que si usted, curioso lector, corre a buscar en la red los videos de estas artistas, asegúrese de haber entendido bien el concepto antes de tener una erección. No querrá parecer un vulgar mortal que se deja llevar por sus deseos, sin antes haber dado una lucha por la justicia universal.

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