Pussy riot a la colombiana

¿Son un ataque contra los valores del catolicismo las custodias decoradas con vaginas de la artista María Eugenia Trujillo? Bueno, pues sí. ¿Cómo no lo van a ser si la Iglesia católica ha mantenido intacta su coraza misógina y un horror arcaico por el cuerpo y todo órgano que pueda brindarle placer, empezando, desde luego, por la vagina? Claro que son un ataque, como lo eran los insultos que lanzaba Benjamin Péret a los curas que se cruzaba por la calle; como lo eran las películas de Buñuel, las soflamas de los nadaístas y prácticamente todas las manifestaciones de vanguardia del siglo XX. No entender que en el arte siempre se atacan y defienden valores es no entender nada. Las pinturas de Delacroix eran un ataque a la sensibilidad burguesa del siglo XIX, el expresionismo alemán era una embestida romántica contra los valores de la ilustración, el futurismo exaltó los valores bélicos para desterrar el quietismo italiano, los murales de Rivera fueron una reivindicación del marxismo, la literatura latinoamericana de los noventa fue un rechazo al exotismo del realismo mágico. Se podrían llenar páginas con ejemplos que muestran las luchas que se dan en todas las disciplinas artísticas. Si creen que la poesía, la plástica, el teatro y la narrativa son una pradera donde pastan seres inmaculados que han purgado de sus almas todos los vicios y visceralidades humanas, desengáñense. El arte es arte porque está untado de lodo, de pasión, del desesperado anhelo por legitimar –a veces imponer- estilos de vida, gustos, formas de ver el mundo, actitudes y valores.

De manera que, o aceptamos que somos criaturas con ideas y creencias diferentes, y que por lo tanto deben primar la tolerancia y el pluralismo, o entonces conjuramos cualquier riesgo de herir la sensibilidad de los otros recortando la libertad de expresión o cediendo a cualquier queja. Me sirvo de un ejemplo que le oí, si no recuerdo mal, a Fernando Savater. Si se impone el criterio del Tribunal Administrativo de Cundinamarca, que aceptó una tutela en contra de Trujillo por una supuesta violación de la libertad de culto (como si satirizar una religión supusiera impedir que se practicara), entonces también tendrían que quitar los extintores de colegios y clínicas cuando los pirómanos aduzcan que esos infames aparatos les impiden adorar el fuego.

Eso es lo triste de esta historia. Uno de los instrumentos legales más modernos con los que contamos, la tutela, ha sido usado para imponer una lógica premoderna: callar a quien denigra la tradición o lo sagrado. Nuestra contradictoria Modernidad está plagada de estos sinsentidos. Basta ver los argumentos que se han dado para volver a admitir las corridas de toros. Por mi parte, considero que las actividades taurinas deben ser legales, pero no por un sentimental apego a las tradiciones culturales, sino porque son una forma de vida de una parte de la población que, libremente, sin obligar a nadie ni incumplir los compromisos con sus congéneres, las patrocina y fomenta. El argumento de la tradición es flojo. Hay tradiciones contra las que se debe luchar, como la misoginia de la Iglesia o la intransigencia fanática de los premodernos.

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